Estamos en una sociedad acomodaticia que generalmente opta por la resignación y elude salir a la calle ante la mediocridad del comportamiento de esa clase política que nos agrede. Pese a todo y a lo entrañable del sentido del humor que no nos falta, las dudas surgen ante quienes piensan que protestar y pelear en la calle no sirve de nada. La perseverancia de la protesta, si hay una razón para ello, tiene su premio al tiempo que fortalece a la sociedad civil: son muchos, y cada vez parece que son más.
Están denunciado la situación de muchos ciudadanos que se han quedado sin empleo, de miles de familias que han perdido sus casas; de miles de jóvenes, que ven desperdiciado su potencial. Pues bien, si admitimos que esta sociedad es compleja, que abarca en sí misma mucho más de lo que las instituciones nos ofrecen o si consideramos la cotidianeidad de sus agresiones (que incluyen la vivienda, la salud, la educación o el trabajo) no podemos ignorar que la reconquista de esos derechos sociales se defienden en el pulso de la calle. Y una forma de ese pulso es la Marcha de la Dignidad. Nada que objetar.
LUIS ENRIQUE VEIGA A CORUÑA
Publicado en : El Correo Gallego

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