A la hora de donar un dinerito para aliviar el sufrimiento ajeno, por ejemplo esos 25 millones de euros a un centro benéfico local, algunos empresarios, grandes filántropos, se están preguntando qué rentabilidad obtendrán a largo plazo con su inversión. Aunque nos parece una cifra sumamente generosa no es menos cierto que la filantropía ayuda mayormente a los ricos a ahorrar grandes cantidades en impuestos.
Con ello se impide a un Estado cada vez más mermado, asumir unas funciones que pasan a depender de la buena voluntad del sector privado.
Una especie de intromisión por la que muchos proyectos que parecen buenos a primera vista, se llevan a cabo las más de las veces sin un verdadero conocimiento del terreno al que van destinadas. En definitiva, nunca resuelven los problemas de fondo para los que han sido diseñados y añaden otros nuevos inconvenientes. No parece pues que quienes ejercen la filantropía como medio de aportar a los menos favorecidos un instrumento de mejora social, estén contribuyendo realmente a ello. En el caso que nos ocupa vendría a reflejar la antigua beneficencia en paralelo con la triste moda en esta ciudad de entregar al pobre unos carnés personales (con su nombre y apellidos). En ellos se anota a diario el paso del beneficiario por el Albergue, con comedor social.
¿Estamos ante las antiguas cartillas de racionamiento? Por supuesto no es nuestro interés el poner fin al capitalismo, quizá si acaso ayudar a desarrollar un capitalismo de rostro más amable.
Tal vez, empezando por una cierta filantropía en la que percibimos una actividad que no pretende acabar con las desigualdades sociales, ni con los problemas que ello conlleva y que sólo ayuda a tranquilizar algunas conciencias. A dormir mejor. De hecho, algunos la califican de lavado de conciencia de los ricos, al tiempo que aconsejan desconfiar mucho de quienes intentan con una mano dar respuesta a los problemas que han creado con la otra.
ENRIQUE VEIGA - A CORUÑA
Publicado en : El Correo Gallego - Diario Córdoba

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